No puedo estar seguro de nada de ello, pero el hecho era que las palabras Palacio de la Luna empezaron a apoderarse de mi mente con todo el misterio y la fascinación de un oráculo. Todo estaba mezclado en ellas al mismo tiempo: el tío Victor y China, cohetes espaciales y música, Marco Polo y el Oeste americano. Miraba el letrero y empezaba a pensar en la electricidad. Eso me llevaba al apagón ocurrido en mi primer año en la universidad, lo cual a su vez me conducía a los partidos de béisbol jugados en Wrigley Field, y esto me hacía volver al tío Victor y a las velas conmemorativas que ardían en el borde de mi ventana. Un pensamiento iba dando paso a otro en una espiral de masas cada vez mayores de conexiones. La idea de viajar a lo desconocido, por ejemplo, y el paralelismo entre Colón y los astronautas. El descubrimiento de Ámerica como consecuencia del fracaso en el intento de llegar a China; la comida china y mi estómago vacío; pensamiento, como en alimento para el pensamiento, y la cabeza como palacio de los sueños. Pensaba: el proyecto Apolo; Apolo, el dios de la música; tío Victor y los Hombres de la Luna viajando hacia el Oeste. Pensaba: el Oeste, la guerra contra los indios, la guerra del Vietnam, en otro tiempo llamado Indochina. Pensaba: armas, bombas, explosiones; nubes nucleares en los desiertos de Utah y Nevada; y luego me preguntaba: ¿por qué se parece tanto el Oeste americano al paisaje lunar? Así seguía interminablemente y cuanto más me abría a estas secretas correspondencias, más próximo me sentía a la comprensión de alguna verdad fundamental respecto al mundo. Tal vez me estaba volviendo loco, pero sentía, sin embargo, una tremenda fuerza que se agitaba dentro de mí, un gozo gnóstico que penetraba profundamente en el corazón de las cosas. Luego, súbitamente, tan súbitamente como había adquirido esa fuerza, la perdí. Había estado viviendo dentro de mis pensamientos tres o cuatro días y una mañana me desperté y me encontré en otra parte: de vuelta en el mundo de los fragmentos, de vuelta en el mundo del hambre y las desnudas paredes blancas. Me esforcé por recobrar el equilibrio de los días anteriores, pero no pude. El mundo me aplastaba de nuevo y apenas podía respirar.
PAUL AUSTER
3 comentarios:
Vaya! que juego tan fantástico con el ritmo... me encantan fragmentos como este en los que parece que bajes corriendo por una pendiente y tengas que ir atrapando con la mirada todo lo que conforma el paisaje. Al llegar al valle estas realmente excitado y es inevitable el volver a mirar hacia atrás. No crees?
Quina passada. No us recorda una mica al fragment final apoteòsic(dir-li fragment és massa poc) del Aleph? Aquesta enumeració, les connexions... a mi m'hi ha fet pensar de seguida.
D'altra banda, m'agrada molt la última frase, és bastant... bestial.
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