miércoles, 24 de septiembre de 2008

Fiebre en la gradas


  El deporte no permite soñar como se sueña, en cambio, cuando uno se dedica a la escritura, la interpretación teatral o la pintura: cuando tenía once años, yo ya sabía que nunca iba a jugar en el Arsenal. Y once años es una edad demasiado tierna para saber algo tan inapelable y tan espantoso.
  Por fortuna, es posible ser futbolista profesional sin haber pisado un solo terreno de juego en el que se dispute un partido de Liga, y sin tener la inmensa fortuna de contar con el físico, la elegancia, la potencia, el talento o la resistencia de un futbolista. 
  Ahí está el campo de fútbol sala en el norte de Londres donde se reúnen cada miércoles por la noche todos los chiflados del fútbol que conozco. Ahí están los gestos y las muecas, los ojos cerrados y los hombros caídos suplicando al cielo una explicación de por qué tu disparó ha dado en el palo, el abrazo de los compañeros cuando marcas (me acuerdo de todos y cada uno de los goles que he metido en los últimos quince años), los puños cerrados y los aplausos con que tus amigos te animan, la humilde grada vacía, los brazos abiertos para indicar que estás en mejor posición, el compañero chupón, el dedo con que señalas adónde quieres que te envíen un pase y, después de recibirlo en perfectas condiciones y pifiarla, la mano en alto para reconocer lo uno y lo otro; las patadas fuertes y las agujetas del día siguiente. Mi camiseta del Arsenal (modelo antiguo) empapada de sudor. 
  A veces, cuando recibes el balón de espaldas a portería, te das la vuelta y fallas por un par o tres de metros, en el fondo sabes que has hecho lo que tenías que hacer, y que de no ser por la barriga (claro que ahí está Ronaldo), o por la calvicie (nunca fue un impedimento para Zidane), o por tu escasa estatura (Maradona), es decir, que si no fuese por todas esas circunstancias periféricas, tendrías la planta de Van Nistelrooy en una situación idéntica.

NICK HORNBY

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