sábado, 27 de septiembre de 2008

Borges y yo


Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo trate de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
  No sé cuál de los dos escribe esta página.

JORGE LUIS BORGES    

miércoles, 24 de septiembre de 2008

El retrato de Dorian Gray


 –Ahora no lo siente así. Pero algún día, cuando sea viejo, arrugado y feo, cuando el pensamiento haya tatuado su frente de surcos y el fuego de la pasión dejado en sus labios su espantosa marca, lo sentirá usted terriblemente. Ahora, por donde quiera que vaya, seduce al mundo. Pero, ¿será así siempre? Tiene usted un rostro maravillosamente bello, señor Gray. No frunza el ceño. Lo tiene. Y la belleza es una forma de genio, más elevada, en realidad, que el mismo genio, ya que no necesita explicación. Es uno de los grandes hechos del mundo, como el sol, o la primavera, o el reflejo de esa concha de plata que llamamos luna en las oscuras aguas. Algo que no puede cuestionarse, con un derecho divino a la soberanía. Convierte en príncipes a quienes la poseen. ¿Sonríe usted? ¡Ah! No sonreirá cuando la haya perdido... La gente a veces tacha la belleza de superficial. Podría ser. Pero al menos no es tan superficial como el pensamiento. Para mí, la belleza es la maravilla de las maravillas. Sólo los simples dejan de juzgar por las apariencias. El verdadero misterio del mundo está en lo visible, no en lo invisible... Sí, señor Gray, los dioses le han sido favorables. Pero lo que los dioses dan, lo quitan muy pronto. Sólo tiene unos pocos años para vivir de verdad, con perfección, con plenitud. Cuando su juventud se desvanezca, su belleza se irá con ella, y descubrirá de pronto que ya no le quedan triunfos, o deberá contentarse con mezquinos éxitos que el recuerdo de su pasado hará más amargos que una derrota. Cada mes que transcurre le acerca a esa espantosa realidad. El tiempo está celoso de usted, y lucha contra sus lirios y sus rosas. Esa tez se volverá cetrina, se hundirán las mejillas, los ojos perderán su brillo. Sufrirá horriblemente... ¡Ah! Sea consciente de su juventud mientras ésta perdure. No desperdicie el oro de sus días escuchando a los tediosos, intentando cambiar lo abocado al fracaso, entregando su vida a la ignorancia, a lo mediocre y lo vulgar. Ésos son los valores malsanos, los falsos ideales de nuestro tiempo. ¡Viva! ¡Aproveche la maravillosa vida que hay en usted! ¡No deje que nada se pierda! Busque siempre nuevas sensaciones. No le tema a nada... Un nuevo hedonismo: eso es lo que nuestro siglo necesita. Usted podría ser su símbolo viviente. Con su personalidad, no hay nada que no pueda hacer. El mundo le pertenece por un tiempo. Desde el momento en que le conocí, comprendí que usted era absolutamente inconsciente de lo que es, de lo que en realidad podría ser. Me sedujo tanto lo que vi en usted que sentí que debía decirle algo sobre usted mismo. Pensé en la tragedia de que usted se malgastase. Porque su juventud durará tan poco... tan poco. Las flores silvestres de las colinas se marchitan, pero vuelven a florecer. Este espino será tan amarillo el próximo junio como lo es ahora. En un mes, la clemátide tendrá estrellas púrpuras, y año tras año la verde noche de sus hojas sostendrá las rojas flores. Pero el hombre jamás recupera su juventud. El alegre latido que palpita en nosotros a los veinte años va debilitándose. Nuestros miembros fallan, se embotan nuestros sentidos. Degeneramos en horribles títeres perseguidos por el recuerdo de las pasiones que nos dieron demasiado miedo, de las exquisitas tentaciones ante las que nos faltó valor para ceder. ¡Juventud! ¡Juventud! ¡No hay nada en el mundo sino la juventud!

OSCAR WILDE

Fiebre en la gradas


  El deporte no permite soñar como se sueña, en cambio, cuando uno se dedica a la escritura, la interpretación teatral o la pintura: cuando tenía once años, yo ya sabía que nunca iba a jugar en el Arsenal. Y once años es una edad demasiado tierna para saber algo tan inapelable y tan espantoso.
  Por fortuna, es posible ser futbolista profesional sin haber pisado un solo terreno de juego en el que se dispute un partido de Liga, y sin tener la inmensa fortuna de contar con el físico, la elegancia, la potencia, el talento o la resistencia de un futbolista. 
  Ahí está el campo de fútbol sala en el norte de Londres donde se reúnen cada miércoles por la noche todos los chiflados del fútbol que conozco. Ahí están los gestos y las muecas, los ojos cerrados y los hombros caídos suplicando al cielo una explicación de por qué tu disparó ha dado en el palo, el abrazo de los compañeros cuando marcas (me acuerdo de todos y cada uno de los goles que he metido en los últimos quince años), los puños cerrados y los aplausos con que tus amigos te animan, la humilde grada vacía, los brazos abiertos para indicar que estás en mejor posición, el compañero chupón, el dedo con que señalas adónde quieres que te envíen un pase y, después de recibirlo en perfectas condiciones y pifiarla, la mano en alto para reconocer lo uno y lo otro; las patadas fuertes y las agujetas del día siguiente. Mi camiseta del Arsenal (modelo antiguo) empapada de sudor. 
  A veces, cuando recibes el balón de espaldas a portería, te das la vuelta y fallas por un par o tres de metros, en el fondo sabes que has hecho lo que tenías que hacer, y que de no ser por la barriga (claro que ahí está Ronaldo), o por la calvicie (nunca fue un impedimento para Zidane), o por tu escasa estatura (Maradona), es decir, que si no fuese por todas esas circunstancias periféricas, tendrías la planta de Van Nistelrooy en una situación idéntica.

NICK HORNBY

lunes, 22 de septiembre de 2008

El misterio de la cripta embrujada


Y, como sea que este capítulo ha quedado un poco corto, aprovecharé el espacio sobrante para tocar un extremo que sin duda preocupará al lector que hasta este punto haya llegado, a saber, el de cómo me llamo. Y es que es éste tema que requiere explicación.
   Cuando yo nací, mi madre, que otras ligerezas por temor a mi padre no se permitía, incurría, como todas las madres de ella contemporáneas, en la liviandad de amar perdida e inútilmente, por cierto, a Clark Gable. El día de mi bautizo, e ignorante como era, se empeñó a media ceremonia en que yo tenía que llamarme Loquelvientosellevó, sugerencia ésta que indignó, no sin causa, al párroco que oficiaba los ritos. La discusión degeneró en trifulca y mi madrina, que necesitaba los dos brazos para pegar a su marido, con el que andaba cada día a trompazo limpio, me dejó flotando en la pila bautismal, en cuyas aguas de fijo me habría ahogado si... Pero esto es ya otra historia que nos apartaría del rumbo narrativo que llevamos. De todas formas, el problema carece de sustancia, ya que mi verdadero y completo nombre sólo consta en los infalibles archivos de la DGS, siendo yo en la vida diaria más comúnmente apodado "chorizo", "rata", "mierda", "cagallón de tu padre" y otros epítetos cuya variedad y abundancia demuestran la inconmensurabilidad de la inventiva humana y el tesoro inagotable de nuestra lengua.

EDUARDO MENDOZA

La Plaça del Diamant

A fora plovia. La pluja queia petita damunt de tots els terrats, damunt de tots els carrers, damunt de tots els jardins, damunt del mar com si no tingués prou aigua, i damunt de les muntanyes, potser. Gairebé no hi vèiem i era el començament de la tarda. Penjaven gotes de pluja dels filferros d’estendre la roba i jugaven a empaitar-se i, de vegades, alguna queia a baix i abans de caure s’estirava i s’estirava, perquè es veu que li costava de despenjar-se. Plovia ja feia vuit dies; una pluja petita, ni massa forta ni massa fluixa, i els núvols n’estaven tan plens que la inflor se’ls arrossegava pels terrats. Miràvem la pluja.

MERCÈ RODOREDA

sábado, 20 de septiembre de 2008

Cien años de soledad


El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo. Aunque peleó siempre al frente de sus hombres, la única herido que recibió se la produjo él mismo después de firmar la capitulación de Neerlandia que puso término a casi veinte años de guerras civiles. Se disparó un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le salió por la espalda sin lastimar ningún centro vital. Lo único que quedó de todo eso fue una calle con su nombre en Macondo. Sin embargo, según declaró poco años antes de morir de viejo, ni siquiera eso esperaba la madrugada en que se fue con sus veintiún hombres a reunirse con las fuerzas del general Victorio Medina.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

viernes, 19 de septiembre de 2008

Dublinesos, Els morts

L'aire de l cambra li va refredar les espatlles. S'estirà amb precaució sota els llençols i va quedar ajagut al costat de la seva dona. Un a un, tots es convertien en ombres. Més valia passar a l'altre món decidits, en la plena gloria d'alguna passió, que apagar-se i pansir-se tristement amb l'edat. va pensar en com la dona que jeia al seu costat havia tingut tants anys tancada al cor la imatge dels ulls del seu enamorat en el moment de dir-li que no volia viure.
Llàgrimes generoses ompliren els ulls del Gabriel. Ell no havia sentit mai allò per cap dona, però sabia que un sentiment així havia de ser amor. Les llàgrimes li enterbolien els ulls i en la parcial foscor imaginava que veia la figura d'un jove dret a sota d'un arbre regalimós. Altres figures eren a prop. La seva ànima s'havia acostat a la regió on habiten les vastes hosts dels morts. Era conscient, però no ho sabia explicar, de la seva existència variable i vacil·lant. La pròpia identitat es fonia en un món gris i inpalpable: fins i tot el món sòlid, on havien pujat i viscut aquests morts durant un temps, es dissipava i desapareixia.
Uns tous copets al vidre el van fer girar cap a la finestra. Havia començat a nevar altra vegada. Va mirar amb ulls de son els flocs, plata i ombra, caient obliquament a la llum del fanal. Li havia arribat l'hora d'emprendre el viatge cap a ponent. Sí, els diaris tenien raó: la neu era general per tota Irlanda. Queia en cada part de la fosca planuria central, a les muntanyes sense arbres, queia flonjament als aiguamolls d'Allen i, més a ponent, en flonja caiguda, a l'oneig negrós amotinat del Shannon. Queia, també, en cada part del fossar solitari al turó on el Michael Furey era enterrat. N'hi havia un tou acumulat a les creus tortes i a les làpides, a les llances de la petita reixa, a les bardisses estèrils. La seva ànima s'esvaní a poc a poc mentre sentia caure la neu calmosament per tot l'univers i en calmada caiguda, com el descens a la seva darrera fi, damunt de tots els vius i els morts.

JAMES JOYCE

jueves, 18 de septiembre de 2008

Dinero


Sólo hay un modo de aprender a pelear: peleando mucho.
El motivo por el cual hay mucha gente que no sabe pelear es que pelean muy de vez en cuando, y, en estos momentos de especialización al máximo grado, nadie puede llegar a triunfar en ningún terreno a no ser que se dedique a él en serio y todo el tiempo que le sea posible. En el caso de la violencia, hay que practicarla, hay que tener un buen repertorio. De pequeño, en Trenton (Nueva Jersey), y más adelante en las calles de Pimlico, aprendí cada golpe y cada treta, de uno en uno. Por ejemplo, ¿quién de ustedes sabe embestir (técnica consistente en golpear la cara del rival con la propia frente, y que constituye una manera muy íntima de pelearse, aparte de tener una tremenda capacidad de desconcertar y asustar al contrario)? Yo comencé a practicar la embestida a los diez años. Poco después, una vez adquirida cierta costumbre (lo mejor es golpearles con la base del cuero cabelludo, y darles en la nariz, la boca, la mandíbula, da lo mismo), pensé: "Vale, ahora ya sé embestir." A partir de entonces, lo de las embestidas se convirtió en una opción que tenía siempre a mi alcance. Y lo mismo ocurrió sucesivamente con el rodillazo en los huevos, la patada en el mentón, el dedazo en el ojo; eran nuevas formas expresar mi frustración, mi furia y mi miedo, y de conseguir que las discusiones terminaran con una victoria por mi parte. Pero hay que practicar mucho. Para aprender hacen falta muchos años, numerosas pruebas, múltiples errores. Nadie aprende estas cosas sólo con ver la televisión. Hay que utilizar municiones de las de verdad. Así, suponiendo que alguno de ustedes tuviera una pelea conmigo, y acabásemos llegando a las manos, y tratara de embestirme a mí, de darme un cabezazo en la cabeza, seguramente lo haría bastante mal. No me dolería apenas. No me causaría daño alguno. Sólo me pondría más furioso. Y entonces yo le daría a quien fuese  un cabezazo con mi cabeza superfuerte, y eso provocaría mucho dolor, y seguramente daños bastante irreparables.
   Además, lo más probable es que yo le embistiera antes de ser embestido. En las peleas de bar, en las peleas callejeras, sólo cuenta una regla: máxima violencia, y al instante. Nada de pensárselo, nada de esperar a que el otro tome la iniciativa. Hay que usar el ataque atómico desde el primer momento. Darle al contrario con lo que sea, botellas de leche, llaves inglesas, objetos contundentes de cualquier tamaño. El primer golpe tiene que producir el efecto definitivo. Si el otro logra encajarlo, de todos modos acabará sacando a relucir todas sus artimañas. Pero se habrá llevado lo suyo. De modo que, usar desde el principio la peor y mayor violencia posible. El único elemento sorpresa es la brutalidad extrema. Péguenles con lo que sea. Jamás les den cuartel.

MARTIN AMIS

El Palacio de la Luna

No puedo estar seguro de nada de ello, pero el hecho era que las palabras Palacio de la Luna empezaron a apoderarse de mi mente con todo el misterio y la fascinación de un oráculo. Todo estaba mezclado en ellas al mismo tiempo: el tío Victor y China, cohetes espaciales y música, Marco Polo y el Oeste americano. Miraba el letrero y empezaba a pensar en la electricidad. Eso me llevaba al apagón ocurrido en mi primer año en la universidad, lo cual a su vez me conducía a los partidos de béisbol jugados en Wrigley Field, y esto me hacía volver al tío Victor y a las velas conmemorativas que ardían en el borde de mi ventana. Un pensamiento iba dando paso a otro en una espiral de masas cada vez mayores de conexiones. La idea de viajar a lo desconocido, por ejemplo, y el paralelismo entre Colón y los astronautas. El descubrimiento de Ámerica como consecuencia del fracaso en el intento de llegar a China; la comida china y mi estómago vacío; pensamiento, como en alimento para el pensamiento, y la cabeza como palacio de los sueños. Pensaba: el proyecto Apolo; Apolo, el dios de la música; tío Victor y los Hombres de la Luna viajando hacia el Oeste. Pensaba: el Oeste, la guerra contra los indios, la guerra del Vietnam, en otro tiempo llamado Indochina. Pensaba: armas, bombas, explosiones; nubes nucleares en los desiertos de Utah y Nevada; y luego me preguntaba: ¿por qué se parece tanto el Oeste americano al paisaje lunar? Así seguía interminablemente y cuanto más me abría a estas secretas correspondencias, más próximo me sentía a la comprensión de alguna verdad fundamental respecto al mundo. Tal vez me estaba volviendo loco, pero sentía, sin embargo, una tremenda fuerza que se agitaba dentro de mí, un gozo gnóstico que penetraba profundamente en el corazón de las cosas. Luego, súbitamente, tan súbitamente como había adquirido esa fuerza, la perdí. Había estado viviendo dentro de mis pensamientos tres o cuatro días y una mañana me desperté y me encontré en otra parte: de vuelta en el mundo de los fragmentos, de vuelta en el mundo del hambre y las desnudas paredes blancas. Me esforcé por recobrar el equilibrio de los días anteriores, pero no pude. El mundo me aplastaba de nuevo y apenas podía respirar.

PAUL AUSTER

Prólogo

"Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía"


José Vasconcelos