El motivo por el cual hay mucha gente que no sabe pelear es que pelean muy de vez en cuando, y, en estos momentos de especialización al máximo grado, nadie puede llegar a triunfar en ningún terreno a no ser que se dedique a él en serio y todo el tiempo que le sea posible. En el caso de la violencia, hay que practicarla, hay que tener un buen repertorio. De pequeño, en Trenton (Nueva Jersey), y más adelante en las calles de Pimlico, aprendí cada golpe y cada treta, de uno en uno. Por ejemplo, ¿quién de ustedes sabe embestir (técnica consistente en golpear la cara del rival con la propia frente, y que constituye una manera muy íntima de pelearse, aparte de tener una tremenda capacidad de desconcertar y asustar al contrario)? Yo comencé a practicar la embestida a los diez años. Poco después, una vez adquirida cierta costumbre (lo mejor es golpearles con la base del cuero cabelludo, y darles en la nariz, la boca, la mandíbula, da lo mismo), pensé: "Vale, ahora ya sé embestir." A partir de entonces, lo de las embestidas se convirtió en una opción que tenía siempre a mi alcance. Y lo mismo ocurrió sucesivamente con el rodillazo en los huevos, la patada en el mentón, el dedazo en el ojo; eran nuevas formas expresar mi frustración, mi furia y mi miedo, y de conseguir que las discusiones terminaran con una victoria por mi parte. Pero hay que practicar mucho. Para aprender hacen falta muchos años, numerosas pruebas, múltiples errores. Nadie aprende estas cosas sólo con ver la televisión. Hay que utilizar municiones de las de verdad. Así, suponiendo que alguno de ustedes tuviera una pelea conmigo, y acabásemos llegando a las manos, y tratara de embestirme a mí, de darme un cabezazo en la cabeza, seguramente lo haría bastante mal. No me dolería apenas. No me causaría daño alguno. Sólo me pondría más furioso. Y entonces yo le daría a quien fuese un cabezazo con mi cabeza superfuerte, y eso provocaría mucho dolor, y seguramente daños bastante irreparables.
Además, lo más probable es que yo le embistiera antes de ser embestido. En las peleas de bar, en las peleas callejeras, sólo cuenta una regla: máxima violencia, y al instante. Nada de pensárselo, nada de esperar a que el otro tome la iniciativa. Hay que usar el ataque atómico desde el primer momento. Darle al contrario con lo que sea, botellas de leche, llaves inglesas, objetos contundentes de cualquier tamaño. El primer golpe tiene que producir el efecto definitivo. Si el otro logra encajarlo, de todos modos acabará sacando a relucir todas sus artimañas. Pero se habrá llevado lo suyo. De modo que, usar desde el principio la peor y mayor violencia posible. El único elemento sorpresa es la brutalidad extrema. Péguenles con lo que sea. Jamás les den cuartel.
MARTIN AMIS
1 comentario:
Qué brutoooo!!! xD
jajajajajaj
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