domingo, 8 de marzo de 2009

Historias de Nueva York

  Al día siguiente de anunciarse que Bill Clinton había elegido Harlem me presenté ante el edificio en cuestión, en el 55 West de la 125, para preguntar a los transeúntes y a los comerciantes locales si esperaban que el ex presidente aportara prosperidad al barrio.
   Digamos que entré en primer lugar en la peluquería "afro" cercana al portal y pregunté algo así como:
   –¿Qué les parece la noticia de la llegada del presidente Clinton?
   (A los ex presidentes, como a los generales retirados, se les trata de por vida de presidente o general.)
   La respuesta vino a ser:
   –Es una buena noticia. ¿Tiene un cigarrillo?
   Supongamos que luego paré a un tipo en la calle y le pregunté su opinión sobre Clinton. Y digamos que la respuesta fue:
   –El mejor presidente de todos los tiempos. ¿Tiene un cigarrillo?
   Durante esa tarde, fuera cual fuera la persona, la pregunta y la respuesta, casi todos los diálogos terminaron igual:
   –¿Tiene un cigarrillo?
   No quiero decir con esto que Harlem sea un barrio de gorrones. Sugiero tan sólo que esa tarde mucha gente tenía ganas de fumar y se había dejado el tabaco en casa.
   Los vecinos predecían que Clinton atraería negocios y visitantes ilustres, y en cierta forma el tiempo les ha dado la razón. La Calle 125 tiene ya su Disney Store y su Starbucks y Ariel Sharon ha probado in situ las especialidades sureñas de Bayou. La llegada a Harlem de la prosperidad clintoniana comenzó a notarse, probablemente, la tarde en que un tipo preguntón se plantó en la calle y empezó a dar tabaco gratis. Debió de correrse la voz. Me voló un paquete de Marlboro en un par de horas.


Enric González

Soldados de Salamina


    –¿Hay alguien por ahí?
    El soldado le está mirando; Sánchez Mazas también, pero sus ojos deteriorados no entienden lo que ven: bajo el pelo empapado y la ancha frente y las cejas pobladas de gotas la mirada del soldado no expresa compasión ni odio, ni siquiera desdén, sino una especie de secreta o insondable alegría, algo que linda con la crueldad y se resiste a la razón pero tampoco es instinto, algo que vive en ella con la misma ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y la tierra en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres, algo que elude a las palabras como el agua del arroyo elude a la piedra, porque las palabras sólo están hechas para decirse a sí mismas, para decir lo decible, es decir todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o concierne o somos o es este soldado anónimo y derrotado que ahora mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierra y el agua marrón de la hoya, y que grita con fuerza al aire sin dejar de mirarlo:
    –¡Aquí no hay nadie!
    Luego da media vuelta y se va.


Javier Cercas

sábado, 27 de septiembre de 2008

Borges y yo


Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo trate de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
  No sé cuál de los dos escribe esta página.

JORGE LUIS BORGES    

miércoles, 24 de septiembre de 2008

El retrato de Dorian Gray


 –Ahora no lo siente así. Pero algún día, cuando sea viejo, arrugado y feo, cuando el pensamiento haya tatuado su frente de surcos y el fuego de la pasión dejado en sus labios su espantosa marca, lo sentirá usted terriblemente. Ahora, por donde quiera que vaya, seduce al mundo. Pero, ¿será así siempre? Tiene usted un rostro maravillosamente bello, señor Gray. No frunza el ceño. Lo tiene. Y la belleza es una forma de genio, más elevada, en realidad, que el mismo genio, ya que no necesita explicación. Es uno de los grandes hechos del mundo, como el sol, o la primavera, o el reflejo de esa concha de plata que llamamos luna en las oscuras aguas. Algo que no puede cuestionarse, con un derecho divino a la soberanía. Convierte en príncipes a quienes la poseen. ¿Sonríe usted? ¡Ah! No sonreirá cuando la haya perdido... La gente a veces tacha la belleza de superficial. Podría ser. Pero al menos no es tan superficial como el pensamiento. Para mí, la belleza es la maravilla de las maravillas. Sólo los simples dejan de juzgar por las apariencias. El verdadero misterio del mundo está en lo visible, no en lo invisible... Sí, señor Gray, los dioses le han sido favorables. Pero lo que los dioses dan, lo quitan muy pronto. Sólo tiene unos pocos años para vivir de verdad, con perfección, con plenitud. Cuando su juventud se desvanezca, su belleza se irá con ella, y descubrirá de pronto que ya no le quedan triunfos, o deberá contentarse con mezquinos éxitos que el recuerdo de su pasado hará más amargos que una derrota. Cada mes que transcurre le acerca a esa espantosa realidad. El tiempo está celoso de usted, y lucha contra sus lirios y sus rosas. Esa tez se volverá cetrina, se hundirán las mejillas, los ojos perderán su brillo. Sufrirá horriblemente... ¡Ah! Sea consciente de su juventud mientras ésta perdure. No desperdicie el oro de sus días escuchando a los tediosos, intentando cambiar lo abocado al fracaso, entregando su vida a la ignorancia, a lo mediocre y lo vulgar. Ésos son los valores malsanos, los falsos ideales de nuestro tiempo. ¡Viva! ¡Aproveche la maravillosa vida que hay en usted! ¡No deje que nada se pierda! Busque siempre nuevas sensaciones. No le tema a nada... Un nuevo hedonismo: eso es lo que nuestro siglo necesita. Usted podría ser su símbolo viviente. Con su personalidad, no hay nada que no pueda hacer. El mundo le pertenece por un tiempo. Desde el momento en que le conocí, comprendí que usted era absolutamente inconsciente de lo que es, de lo que en realidad podría ser. Me sedujo tanto lo que vi en usted que sentí que debía decirle algo sobre usted mismo. Pensé en la tragedia de que usted se malgastase. Porque su juventud durará tan poco... tan poco. Las flores silvestres de las colinas se marchitan, pero vuelven a florecer. Este espino será tan amarillo el próximo junio como lo es ahora. En un mes, la clemátide tendrá estrellas púrpuras, y año tras año la verde noche de sus hojas sostendrá las rojas flores. Pero el hombre jamás recupera su juventud. El alegre latido que palpita en nosotros a los veinte años va debilitándose. Nuestros miembros fallan, se embotan nuestros sentidos. Degeneramos en horribles títeres perseguidos por el recuerdo de las pasiones que nos dieron demasiado miedo, de las exquisitas tentaciones ante las que nos faltó valor para ceder. ¡Juventud! ¡Juventud! ¡No hay nada en el mundo sino la juventud!

OSCAR WILDE

Fiebre en la gradas


  El deporte no permite soñar como se sueña, en cambio, cuando uno se dedica a la escritura, la interpretación teatral o la pintura: cuando tenía once años, yo ya sabía que nunca iba a jugar en el Arsenal. Y once años es una edad demasiado tierna para saber algo tan inapelable y tan espantoso.
  Por fortuna, es posible ser futbolista profesional sin haber pisado un solo terreno de juego en el que se dispute un partido de Liga, y sin tener la inmensa fortuna de contar con el físico, la elegancia, la potencia, el talento o la resistencia de un futbolista. 
  Ahí está el campo de fútbol sala en el norte de Londres donde se reúnen cada miércoles por la noche todos los chiflados del fútbol que conozco. Ahí están los gestos y las muecas, los ojos cerrados y los hombros caídos suplicando al cielo una explicación de por qué tu disparó ha dado en el palo, el abrazo de los compañeros cuando marcas (me acuerdo de todos y cada uno de los goles que he metido en los últimos quince años), los puños cerrados y los aplausos con que tus amigos te animan, la humilde grada vacía, los brazos abiertos para indicar que estás en mejor posición, el compañero chupón, el dedo con que señalas adónde quieres que te envíen un pase y, después de recibirlo en perfectas condiciones y pifiarla, la mano en alto para reconocer lo uno y lo otro; las patadas fuertes y las agujetas del día siguiente. Mi camiseta del Arsenal (modelo antiguo) empapada de sudor. 
  A veces, cuando recibes el balón de espaldas a portería, te das la vuelta y fallas por un par o tres de metros, en el fondo sabes que has hecho lo que tenías que hacer, y que de no ser por la barriga (claro que ahí está Ronaldo), o por la calvicie (nunca fue un impedimento para Zidane), o por tu escasa estatura (Maradona), es decir, que si no fuese por todas esas circunstancias periféricas, tendrías la planta de Van Nistelrooy en una situación idéntica.

NICK HORNBY

lunes, 22 de septiembre de 2008

El misterio de la cripta embrujada


Y, como sea que este capítulo ha quedado un poco corto, aprovecharé el espacio sobrante para tocar un extremo que sin duda preocupará al lector que hasta este punto haya llegado, a saber, el de cómo me llamo. Y es que es éste tema que requiere explicación.
   Cuando yo nací, mi madre, que otras ligerezas por temor a mi padre no se permitía, incurría, como todas las madres de ella contemporáneas, en la liviandad de amar perdida e inútilmente, por cierto, a Clark Gable. El día de mi bautizo, e ignorante como era, se empeñó a media ceremonia en que yo tenía que llamarme Loquelvientosellevó, sugerencia ésta que indignó, no sin causa, al párroco que oficiaba los ritos. La discusión degeneró en trifulca y mi madrina, que necesitaba los dos brazos para pegar a su marido, con el que andaba cada día a trompazo limpio, me dejó flotando en la pila bautismal, en cuyas aguas de fijo me habría ahogado si... Pero esto es ya otra historia que nos apartaría del rumbo narrativo que llevamos. De todas formas, el problema carece de sustancia, ya que mi verdadero y completo nombre sólo consta en los infalibles archivos de la DGS, siendo yo en la vida diaria más comúnmente apodado "chorizo", "rata", "mierda", "cagallón de tu padre" y otros epítetos cuya variedad y abundancia demuestran la inconmensurabilidad de la inventiva humana y el tesoro inagotable de nuestra lengua.

EDUARDO MENDOZA

La Plaça del Diamant

A fora plovia. La pluja queia petita damunt de tots els terrats, damunt de tots els carrers, damunt de tots els jardins, damunt del mar com si no tingués prou aigua, i damunt de les muntanyes, potser. Gairebé no hi vèiem i era el començament de la tarda. Penjaven gotes de pluja dels filferros d’estendre la roba i jugaven a empaitar-se i, de vegades, alguna queia a baix i abans de caure s’estirava i s’estirava, perquè es veu que li costava de despenjar-se. Plovia ja feia vuit dies; una pluja petita, ni massa forta ni massa fluixa, i els núvols n’estaven tan plens que la inflor se’ls arrossegava pels terrats. Miràvem la pluja.

MERCÈ RODOREDA