Al día siguiente de anunciarse que Bill Clinton había elegido Harlem me presenté ante el edificio en cuestión, en el 55 West de la 125, para preguntar a los transeúntes y a los comerciantes locales si esperaban que el ex presidente aportara prosperidad al barrio.
Digamos que entré en primer lugar en la peluquería "afro" cercana al portal y pregunté algo así como:
–¿Qué les parece la noticia de la llegada del presidente Clinton?
(A los ex presidentes, como a los generales retirados, se les trata de por vida de presidente o general.)
La respuesta vino a ser:
–Es una buena noticia. ¿Tiene un cigarrillo?
Supongamos que luego paré a un tipo en la calle y le pregunté su opinión sobre Clinton. Y digamos que la respuesta fue:
–El mejor presidente de todos los tiempos. ¿Tiene un cigarrillo?
Durante esa tarde, fuera cual fuera la persona, la pregunta y la respuesta, casi todos los diálogos terminaron igual:
–¿Tiene un cigarrillo?
No quiero decir con esto que Harlem sea un barrio de gorrones. Sugiero tan sólo que esa tarde mucha gente tenía ganas de fumar y se había dejado el tabaco en casa.
Los vecinos predecían que Clinton atraería negocios y visitantes ilustres, y en cierta forma el tiempo les ha dado la razón. La Calle 125 tiene ya su Disney Store y su Starbucks y Ariel Sharon ha probado in situ las especialidades sureñas de Bayou. La llegada a Harlem de la prosperidad clintoniana comenzó a notarse, probablemente, la tarde en que un tipo preguntón se plantó en la calle y empezó a dar tabaco gratis. Debió de correrse la voz. Me voló un paquete de Marlboro en un par de horas.
Enric González
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